Expiando el peor de los pecados: no saber ser feliz.
Hemos errado todos los sistemas, todos los procedimientos, todos los objetivos y todos los métodos.
Hemos relegado la felicidad a un segundo plano o, peor aún, la hemos sustituido por la perversa felicidad comercial de las pantallas.
Usemos nuestra libertad para elegir las acciones que proporcionen felicidad y reduzcamos las demás a la mínima expresión.
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